El vínculo del placer


El vínculo del placer“…durante la década de 1950 y con la colaboración de Kinsey, se iluminó un tanto el callejón sin salida creado por nuestra ignorancia de lo sexual. Tan pronto como aprendimos algo sobre el funcionamiento sexual, los roles sexuales –tanto masculinos como femeninos- se alteraron significativamente; los hombres asumieron un nivel diferente de responsabilidad sexual, y las mujeres se beneficiaron, no sólo con el cambio producido en el rol masculino, sino gracias a la permisividad sexual que los nuevos conocimientos aportaban al lecho matrimonial.

Los profesionales (que por cierto seguían siendo predominantemente masculinos), al ir ganando confianza poco a poco, empezaron a asegurar al público que las mujeres no sólo tenían verdaderas sensaciones sexuales y un interés sexual legítimo, sino que también podían y debían alcanzar el orgasmo…cosa que millones de mujeres (incluso de mujeres “bien”) podrían haber revelado si se lo hubieran preguntado alguna vez y les hubieran dado la seguridad de que su respuesta iba a ser aceptada, y no enjuiciada.

De manera que el hombre “enterado” que se casaba durante la década de 1950 y comienzos de la de 1960, en vez de hacerle algo sexualmente a su mujer, estaba preparado a hacer algo sexualmente por ella. Fortificado por su recién adquirida sapiencia sexual, se sentía totalmente capaz de proporcionarle una descarga sexual. Ella ya tenía permiso para reaccionar sexualmente…sólo en función de él, claro, pero por lo menos lo tenía. No sin refunfuñar, la cultura había admitido este cambio de status. Ya no era necesario ocultar las sensaciones sexuales de la mujer, ni siquiera disculparse por tenerlas, y menos todavía negarlas. Pero la responsabilidad sexual, sin duda, seguía siendo del marido. E´l continuó siendo el árbitro, se convirtió e el entrenador y no dejó de ser el maestro de ceremonias en todos los asuntos sexuales. Lamentablemente, el rol de hacer por en vez de limitarse a hacer a le impuso una responsabilidad sexual todavía mayor.

La suerte sexual de la mujer mejoró; su papel no se limitaba ya simplemente a ofrecer un servicio. Le habían asignado un papel pequeño, pero más importante que el de un extra en el escenario sexual, y mucho más después de que él hubiera reconocido el privilegio y el placer del orgasmo.

Claro que la carga sexual que soportaba el marido no se había aliviado, y hasta quizá se había hecho más pesada, ya que, siguiera haciéndole algo a su mujer o se hubiera puesto, mejor informado, a hacer algo por ella, seguía llevando sólo la responsabilidad de alcanzar éxito en lo sexual. La chifladura social de proclamar que el experto sexual era el varón condujo a más de un hombre a colapsos funcionales. Cuando las cosas no andaban bien en el lecho conyugal, automáticamente la falla, la responsabilidad, era de él. Si tenía eyaculación prematura, era impotente o mostraba un bajo nivel de interés sexual; no había que culpar más que a él. Si su mujer no llegaba al orgasmo, exhibía síntomas de vaginismo (contracción involuntaria del tercio exterior de la vagina) o de aversión sexual (incapacidad de participar en actividades sexuales sin un sentimiento de rechazo), también él asumía buena parte de la culpa. Se ha de señalar, sin embargo, que los hombres culturalmente condicionados en el papel de maridos que “hacen a” rara vez aceptaban este grado de responsabilidad sexual, que se desarrollaba más bien como corolario del concepto de “hacer por”. Con el paso del tiempo, el papel sexual de la mujer se amplió, en tanto que los hombres se esforzaban por cumplir con sus nuevas responsabilidades. Y seguíamos sin prosperar sexualmente.

¿Qué suerte le ha cabido a la responsabilidad sexual durante el último decenio? Finalmente, el péndulo empieza a oscilar, aunque tremendamente tarde; pero, como siempre, más vale tarde…

¿Hay investigaciones decisivas que proporcionen conocimientos del funcionamiento sexual suficientes para alterar de manera significativa los conceptos culturales de los roles y las responsabilidades sexuales? ¿Enfocan los profesionales desde una perspectiva nueva los viejos problemas de la disfunción sexual, tanto en el hombre como la mujer? ¿Se dispone de respuestas nuevas para el tratamiento de tales disfunciones?

Afortunadamente, sí. Gracias al privilegio, recientemente acordado, de poder evaluar el funcionamiento sexual humano con la misma precisión y objetividad con las que podemos investigar y evaluar cualquier otra función natural del cuerpo, no podemos menos que prosperar. Poco a poco, a medida que informaciones seguras ocupan el lugar de la crasa ignorancia, las ideas erróneas o el mito, nuestra sociedad no sólo va alcanzando una comodidad cada vez mayor frente al tema del funcionamiento sexual, sino que nosotros, como individuos, pasamos de una condición de adolescentes informados a la más viable de personas adultas en el nivel sexual. Hoy en día, la responsabilidad sexual es asumida paulatinamente por el individuo, sea éste hombre o mujer, para no volver jamás a ser atribuida a uno sólo de los sexos. Y es que ahora sabemos que de ningún modo un hombre puede ser responsable del funcionamiento sexual de una mujer, como tampoco puede ella asumir el control de las pautas de reacción sexual de él. En verdad, no hay forma de que un hombre pueda “dar” un orgasmo a su mujer, ni de que una mujer pueda proporcionar una eyaculación al marido. Simplemente, no hay manera de que un individuo pueda asumir la responsabilidad de los procesos físicos naturales de otro. Tal como no podemos respirar por otro ni comer por otro, tampoco podemos reaccionar sexualmente por otro.

Un funcionamiento sexual efectivo es algo que se produce entre dos personas. Para que sea efectivo, ambas deben hacerlo juntas. Es algo que los miembros de una pareja que funciona sexualmente hacen el uno con el otro, y no que hacen al otro o por el otro. De manera que el rol sexual de la mujer a efectuado un giro de 180 grados, pasando de la servidumbre sexual a la igualdad sexual, y todo en los últimos diez o veinte años. A ella no le falta más que explorar y ejercitar su potencial, y a su pareja sexual compartir la experiencia de ella.

En la medida en que la mujer empieza a hacerlo, no es sorprenderte que sus primeros intentos se apoyen todavía en los antiguos supuestos. Por ejemplo, aunque no contamos con estadísticas concluyentes, poca duda cabe de que, cuando los conflictos sexuales ponen en peligro un matrimonio, en la gran mayoría de los casos es la mujer la que busca ayuda. Es posible que lo haga a instancias de su marido, o con el consentimiento de él, e incluso sin que él lo sepa. Pero, en todo caso, el supuesto implícito parece claro: si el sexo es un problema en el matrimonio, la que necesita ayuda es la mujer.

Tan difundido y tan hondamente arraigado se halla este supuesto, que la mayoría de las mujeres lo aceptan sin ponerlo en duda. Como resultado, es harto frecuente que acepten el rol de chivo expiatorio, e incluso que se ofrezcan para asumirlo.”

*Fragmento extraído del siguiente libro:
Masters, W. & Johnson V. (1995) El vínculo del placer.
Ed: Grijalbo Mondadori
ISBN: 84-253-2755-5
Cap. “Responsabilidad sexual” pp. 25 a 29