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Marqués de Sade: Una provocación atemporal

Ps. Silvana Savoini - Sexóloga      02 Octubre, 2017
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El sexo sirve para pensar” Claude Lévi-Strauss (El pensamiento salvaje)

Irreverente, desenfrenada, atrevida, desafiante, intensa, dura, fuerte, ofensiva, impertinente, lasciva, provocadora, transgresora, libertina, violenta, erótica…la obra de Sade y esta representación teatral.

La experiencia completa es un estímulo sensorial, descoloca y atrae cada detalle de la Sala Alfred Jarry donde se desarrolla la obra, sala totalmente ajena al circuito comercial del espectáculo, propia del teatro independiente. Al ingresar a la casa nos recibe el director de la obra, Omar Serra, figura atemporal impregnada del semblante que caracterizó a la década del ’60 por su espíritu revolucionario, su atuendo, su lenguaje corporal, su calidez y apertura, son signos evidentes de su pasión por la libertad como valor de esencia y trascendencia.

Llegamos temprano, nos invita a pasar y degustar un licor (Sentido del Gusto). Pasamos a un patio de típica casa antigua tipo “chorizo”, en el cual la decoración superlativamente bizarra es una inundación de estímulos que despierta cada uno de los sentidos. Relojes acopiados dentro de un viejo ventilador, muñecas exhibidas dentro de una red, objetos antiquísimos, posters, llamadores de ángeles hechos con botellitas de gaseosa y aros, y una secuencia infinita de objetos de todo tipo combinados de formas totalmente disonantes, invita a mirar con la misma fascinación que uno observa absorto el fuego (Sentido de la Vista).

Todo tipo de personas van llegando, y todos nos miramos pensando: ¿Será un apasionado lector que devoró los textos del Marqués?…o un espectador desprevenido que llegó atraído por el intrigante nombre de quien originó el término SADISMO?, definido por la Real Academia Española como:

“Del fr. sadisme, de D. A. François, marqués de Sade, 1740-1814, escritor francés, e-isme´-ismo’.

1.m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.

2.m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.

Una vez transcurrido el margen idiosincrático argentino de media hora de tolerancia, se nos invita a pasar a la reducida sala prevista para una función privada (que se ejecuta a la vista de pocos) y acomodarnos en asientos tan bien dispuestos como variados en sus formas y texturas (Sentido del Tacto), con mantas y almohadones de diferentes telas, orígenes, colores y volumen.  A pocos minutos del inicio, la primera escena en el “tocador” involucra a los espectadores en su intimidad envolviéndolos con el aroma de una fragancia que una de las protagonistas esparce sobre el auditorio (Sentido del Olfato).

El Marqués de Sade fue un filósofo y escritor francés (1740-1814). A lo largo de su obra manifiesta un ateísmo radical, que junto a sus sistemáticas descripciones de violencia y erotismo, e incluso delitos sexuales,  constituyen desde entonces una provocación a través del cuestionamiento más estructural de la moral de su época y aun de la actual, con un discurso irreverente que incomoda tanto como atrapa al lector/espectador por llevar al extremo rasgos intrínsecamente humanos, pero muy bien domesticados por la civilización. Una mirada ingenua podría creer que se trata de transgresiones sexuales, pero quienes se hayan deleitado en sus páginas saben que más allá del relato erótico, su filosofía implica una ideología que pone en tensión las pautas estructurales de la sociedad, dejando al más descarnado desnudo no tanto los cuerpos sino la hipocresía que la sostiene y las fuerzas que dominan sus relaciones de poder.

En esta representación, la selección del libreto y la actuación transmiten eficazmente el espíritu del Marqués de Sade con ciertos toques de aggiornamiento dados por sutiles expresiones idiomáticas que remiten a códigos actuales culturalmente compartidos, sin por ello apartarse del guion original, y por la musicalización (Sentido de la Audición), que de forma oportuna y exquisita integra temas de Queen y Fredy Mercury con toda la fuerza y el erotismo que arrancan al espectador del límite con un realismo, que de continuar sin ese paroxismo musical se tornaría una escena más de vulgar pornografía, pero no, el corte es tan preciso como el que opera un bisturí en manos de un cirujano, y libera la mente a la fantasía, a asumir el protagonismo con la propia imaginación proyectada en imágenes que sutilmente se esfuman en el escenario con un juego de luces que confunden, insinúan y habilitan pero que en ningún momento hacen foco en lo explícito, tal y como se percibe la narrativa de Sade pese al alto tenor obsceno.

Entre actos se visualiza una breve pero intensa proyección de video que conjuga presente y pasado, en un collage que amalgama sexo y violencia dejando expuesta la potencia y la vulnerabilidad humana en la encrucijada entre Eros y Thanatos.

La secuencia de escenas está inteligentemente atravesada por segmentos de libreto que dejan traslucir permanentemente los datos socio-históricos que contextualizan la obra en su época, con las ideologías y fuerzas políticas subyacentes. El coqueteo con la vigencia actual del pensamiento de Sade atraviesa toda la obra, lo cual se refleja incluso en la selección de textos expresados en el Programa, rudimentario materialmente pero de profundo contenido, en el cual se puede leer una frase del Marqués que versa: “La ley solo existe para los pobres, mientras los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren.  Y lo hacen sin recibir castigo, porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero”.

Allí también puede leerse una cita del historiador Robert Darnton: “En vísperas de la Revolución Francesa, diversos libros sirvieron como vehículos de crítica social. La pornografía está impregnada de anticlericalismo: prostitutas, monjas y amantes recurren al mito de la voluptuosidad para dar rienda suelta a su lascivia. La pornografía desnuda a todo el mundo de sus distinciones sociales: todos son iguales entre las sábanas. El sexo ayudó a los lectores a pensar sobre la igualdad en una sociedad profundamente desigual. La pornografía suministro todo un arsenal para despedazar a los aristócratas, a los clérigos y a la monarquía que fue ridiculizada y humanizada a raíz delsexo. En las más locas fantasías, así como en las ficciones más científicas, la pornografía moderna posibilitó pensar sobre la igualdad sexual en términos que desafiaban los valores básicos del Antiguo Régimen…Para 1750, el libertinaje se había convertido en un asunto del cuerpo y de la mente, de la pornografía y de la filosofía. Los lectores podían reconocer un libro de sexo cuando lo veían, pero esperaban que el sexo sirviera como vehículo para atacar a la iglesia, a la corona y a todo tipo de abusos sociales.”

El Divino Marqués (como lo llamaron los surrealistas), fue calificado de perverso, lujurioso desenfrenado, desequilibrado mental, pero su prosa retrata la cara oculta de la Ilustración con el estilo de los grandes maestros literarios. Su obra se conoció en 1795, y circuló libremente hasta 1801 cuando Napoleón Bonaparte lo consideró perjudicial y encerró a Sade en una casa de salud con características carcelarias, a partir de entonces y hasta su muerte no disfrutó casi más de su libertad.

El Marqués de Sade, como libertino, subvierte el orden moral y político de su época, provocando a pensar. Esta presentación teatral actualiza el desafío. Apto para librepensadores. Conservadores abstenerse.

Los interesados en ver la obra, podrán acudir al teatro durante octubre, pero deberán realizar una reserva previa.

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